3/8/12

Cambio de domicilio

Nos hemos trasladado a la siguiente dirección:

http://difraccions.com/

Gracias por haber llegado hasta aquí; me encantaría que siguieses la visita.

Un abrazo

1/8/12

Astrología

Más o menos, la relación entre los estímulos que procesamos a través del consciente y los que procesamos a través del subconsciente está aproximadamente en 1/500.000. Una proporción que pone de manifiesto –si mi información responde a la realidad– el inmenso espacio interior que actúa en un nivel de percepción oculto a nuestra mirada, y lo que este va tomando de la experiencia vital de cada instante. La mirada consciente repara en aspectos concretos de la inmensa cantidad de mensajes que se dirigen a nosotros, con una selección que responde a elementos fuera del control voluntario, aunque accesibles, con paciencia e intención de descubrir sus mecánicas.
Además del impagable avance del siglo XX en psicología, otras vías que considero utilísimas han desarrollado su camino a lo largo de milenios. Tienen el inconveniente de haber caído en tramas de control de las personas, tomas de poder o manipulaciones, arrastradas por tentaciones no solo de individuos emocionalmente dañados, sino de sociedades todavía inmaduras, en las que las revelaciones maravillosas han encontrado soportes inadecuados para su función evolutiva. Hacía falta la humildad que requiere mantenerse en contacto con la raíz, en lugar de someter sus códigos a intereses preestablecidos, y ha habido quien les ha dado esa continuidad, en lo sagrado de la consciencia.
Una de estas enseñanzas está en la astrología, a través de la cual tenemos acceso a elementos esenciales de nuestra personalidad y del desarrollo de nuestra vida. Quien desee tomarla como un código determinista, en el que todo está escrito, que lo haga; quien crea que el universo tiene una ordenación casual, sin más sentido que el de mantener las trayectorias de la materia y de la energía hasta que los conflictos ocasionales las cambien o las rompan, también está en su derecho, igual que quien adopte cualquier otra perspectiva sobre el tema.
Por mi parte, considero que el asunto va más allá de la certeza que le podamos atribuir a una configuración celeste para responder a nuestras preguntas y ahondar en nuestra alma. El día y la noche se manifiestan según la interacción de los astros, lo mismo que las mareas o las estaciones; nuestro comportamiento se armoniza con estos ciclos y con sus alteraciones, y nuestro carácter expresa distintas facetas en consonancia con ellos.
De la misma forma, una persona que abre los ojos a la vida en una estación gravará unos registros iniciales distintos si llega en una hora concreta del día o en otra, o en una estación o en otra. Habrá quien perciba la expansión, el aumento de la luz, la apertura de la vida, y quien vea la reducción, la interiorización, el período de quietud en el que los seres descansan, especialmente en el reino vegetal. Cambiará su alimentación, su abrigo, el movimiento a su alrededor, los sonidos, los olores, etc.
Estas modificaciones se van volviendo cada vez más sutiles, hasta donde las perdemos de vista, por la limitación de nuestro sistema perceptivo. Podemos, en cambio, intuir que más allá del horizonte sigue el mundo; que dentro de cada ser existen las células, con sus órganos, en los que se unen tejidos, moléculas, átomos, partículas subatómicas y unidades de materia todavía no desveladas por los recursos técnicos; podemos sentir si más allá de la última manifestación a la que tengamos acceso, en la influencia de los astros, queda algo más, con su actividad y su influencia en el entramado complejo que se presenta bajo la forma de una persona.
La percepción consciente repara en el día o la noche; en la primavera o la canícula. La mirada hacia el cielo nocturno distingue puntos luminosos, y se extasía con su belleza, o se olvida de su existencia, para atender urgencias habituales. Todo normal y respetable, aunque cualquiera se da cuenta de que una flor que nos recibe con su mandala pletórico en un lugar despierta en nuestro interior una mirada distinta que una máquina de escribir, un abrigo en una percha o una campana en su espadaña, cosa que también pasa muchas veces desapercibida a nuestro análisis racional, aunque resulte muy fácil darse cuenta de como influyen en la vivencia.
Podría no haber relación entre esto y el cielo, por difícil que resulte demostrarlo, pero, aun en ese caso, creo que la astrología mantendría su sentido. Una carta astral o un horóscopo nos daría una serie de elementos para considerar respecto de nuestra verdadera identidad; podríamos tomarlos como dogmas de fe y acomodarnos en ellos u observar que resonancias despiertan en los planos emocionales, en nuestras actitudes, en las situaciones a las que tendemos en la vida. En cualquiera de los dos casos creo que podríamos ordenar muchos aspectos descontrolados de nuestra realidad esencial, resolver muchos conflictos entre la voluntad consciente y la motivación inconsciente, y darle sentido y belleza a una energía que podemos manejar.
Tendríamos también una imagen de nuestros apegos, en la que la libertad para disolverlos nos corresponde. La astrología, responda o no a una verdad incuestionable, nos muestra un camino, que podemos ignorar o recorrer, según nuestras propias elecciones.

25/7/12

Lo individual en lo colectivo

En el tiempo de cambio que vivimos, veo algo que me parece digno de consideración: estamos buscando una salida satisfactoria en el plano colectivo, a la que supeditamos nuestra propia realización individual. Proyectamos sobre gestores públicos una demanda de la estabilidad que creemos merecer, quizá con la convicción de que un tiempo de calma nos traerá también el sosiego necesario para desarrollar la alegría y el amor individualmente. Si se soluciona lo grande, lo pequeño va por sí solo, sin más que incorporarse dócilmente a la corriente, al curso que manejan los que saben.
Para mí, esto olvida el hecho de que los momentos de dificultad no crean por sí mismos problemas, sino que ponen de relieve los que ya existen.
La adversidad revela nuestros miedos, nuestras heridas, porque la energía que empleamos en mantenerlas ocultas se desplaza para atender otras urgencias. Los censores internos de la expresión abandonan sus puestos, y nos permitimos expresar lo que en la vida ordinaria veríamos como locura. De esta forma, la angustia toma el mando cuando necesitamos reorganizarnos y evolucionar, para abandonar estados agotados de existencia; y la angustia nos lleva a una regresión, en la que los automatismos psíquicos nos sitúan en la infancia, a la espera de que aquellos que se han erigido en adultos cumplan con su obligación de sacarnos del apuro.
Tengo plena confianza en que esta actitud, para mí inútil, ceda, para permitir que nos expresemos en nuestra verdadera identidad. La tensión que respiramos puede servir para que actuemos desde la raíz, que está en nosotros mismos y en nuestras mentes individuales: cada acto responsable nutre la energía de liberación; cada apertura trae un poco más de claridad a la visión colectiva. Si no podemos transformar a otros –que no podemos-, el descubrimiento de nuestra verdad mueve con una potencia inmensa los elementos que conforman nuestra experiencia vital.
Tomados como símbolo, diez náufragos en una balsa tendrán más posibilidades de supervivencia si racionalizan los recursos, realizan un buen reparto, atienden a los más necesitados y ocupan su tiempo en calcular el lugar en el que se encuentran y en crear alguna forma de propulsión que si abdican de responsabilidades, se limitan a llorar su infortunio o entran en un combate con el pasado y culpan al capitán de haber echado a pique un barco que en ningún caso volverá a flotar.
Si necesitamos ayuda profesional y la utilizamos, estupendo, pero podemos empezar de otras formas, si así lo deseamos. Podemos observar si estamos de acuerdo con nuestras acciones, si las consideramos una expresión de nuestra identidad, o si responden a automatismos o a formas transferidas por otras personas o vivencias olvidadas. Podemos observar nuestras reacciones más destacables y comprobar si nos llevan a algo más valioso, en lo profundo de nuestra consciencia.
La expresión de la rabia, por ejemplo, podemos creer que la realizamos desde nuestra autenticidad, pero si solamente nos lleva a una peregrinación de enfados, quizá convenga que revisemos otras alternativas, como respetar la perspectiva ajena –para garantizar el respeto hacia la nuestra-, observar si hemos puesto los límites en el momento preciso, o si nos hemos abandonado a la espera de que otra persona descubra lo abusivo de su comportamiento hacia nosotros.
Si caemos en la crítica, podemos comprobar hasta qué punto repetimos calificativos, y qué tienen que ver con la percepción de nuestro propio interior. Dónde está la recriminación necesaria y dónde la proyección de los elementos discordantes que nos desestabilizan desde dentro.
Cada persona puede encontrar su propia forma de caminar hacia la paz consigo misma, por lo que la vía no importa ahora. Me parece más interesante observar cómo aquella balsa, tripulada por seres humanos que se conocen a sí mismos –primer consejo del oráculo de Delfos- van a multiplicar las opciones de liberación, si las comparamos con un grupo en el que cada uno se deja llevar por sus demonios particulares. Un buen cuidado de nuestro interior nos permite actuar con más eficacia en lo que de verdad nos interesa, o, por lo menos, retirar muchos obstáculos en un malestar que tendemos a atribuir a terceros. Y sabremos mejor qué pedimos, y quién nos lo puede facilitar.

18/7/12

Tiempo de parto

Creo que los gobiernos expresan lo que llevamos dentro en el plano individual. De este modo, las relaciones entre el aparato del estado y la ciudadanía, y las de los estados entre sí, responde a nuestras propias pautas de conducta, a nuestros modelos actuantes y a nuestra propia visión. Esto me lleva, en general, a aceptar las opciones políticas que se alternan en las responsabilidades, porque creo que la posible indignación contra ellas simplemente oculta un malestar ante nosotros mismos, ante lo que podemos mover y no movemos, ante nuestra parte oscura, que nos conduce a las infinitas formas de insatisfacción que queramos inventariar.
En un libro breve, y, para mí, claro y sencillo, Georges Lakoff nos habla de la relación entre nuestras inclinaciones colectivas para escoger a nuestros gobiernos y los marcos cognitivos que actúan, independientemente de nuestros intereses personales y de la lógica por la que nos rijamos. No pienses en un elefante (Editorial Complutense, 2007) nos explica como existe un modelo basado en el padre estricto –que identifica con el conservadurismo– y otro en el padre protector –asociado a las vertientes progresistas–. Según esto, en la decisión del voto pesa más el modelo que tengamos interiorizado que los factores sobre los que suelen centrarse las campañas electorales.
Esta lectura me ha despertado algunas intuiciones, relativas al funcionamiento del propio gobierno y al modelo que pueda representar. Lo llevo, además, a la expresión de las estructuras en las que se asienta, independientemente de la opción política que ocupe los cargos, porque creo que se dan cuestiones sistémicas muy interesantes, para que pongamos un rumbo concreto, elegido libremente.
Creo que el padre estricto actúa como centro de su propio universo. El desarrollo de los hijos está supeditado a una condición de satélites, de la que ni la muerte los separa: deben continuar la obra, mantener la identidad y someterse a sus principios; a su vez, el padre protector actúa como un eslabón transmisor, que les proporciona a los hijos una información básica para iniciar su propia experiencia vital. Tiene como fin que desarrollen su verdadera identidad, y que construyan o su propio mundo, que se escinde cuando el progenitor está todavía en plenitud de facultades.
Considero imprescindible el primer modelo porque, para mí, el origen del segundo está en él. Les dio cohesión a las sociedades primitivas; organizó las fuerzas ante un medio hostil –no en si mismo, sino por falta de la adaptación que trae la consciencia–, creó estructuras y le dio firmeza al asentamiento del género humano sobre el planeta. Rechaza el cuestionamento, porque abre la puerta hacia a un vacío perigoso, pero, además, la rebeldía en él solo conduce a reforzar el sistema: el elemento subversivo aspira a tomar el papel del padre, y a aplicar sus propios principios con los mismos recursos utilizados por el poder que combate.
Para este modelo paternal –que considero primitivo–, importa más el orden que la eficacia. No importa atravesar malos pasos, si queda preservada la estructura social, el principio de autoridad, la infalibilidade. Los problemas derivan de la inmadurez de los hijos, de su inconsciencia cuando llevan adelante ideas no sometidas a la aprobación paterna; muy raramente responden a la asunción de errores o a la falta de motivación derivada de la adscripción forzada a proyectos ajenos.
Los dictados del padre estricto se entienden como incontestables. Un factor propio del clan prehistórico, que llegó a una expresión feudal y continúa ahora, dado que el modelo está vivo, y, dentro de él, también la necesidad de mantener una imagen de acción constante, especialmente ante as dificultades. Cuando el grupo llega a una situación complicada, o cuando el padre no puede ver la salida, diría yo que instintivamente, recurre al castigo, a imponer un sacrificio, del que no conoce las consecuencias, que deben soportar los hijos/súbditos, también en una expresión reconocible en el feudalismo.
A su vez, el padre protector se somete al diálogo y se nutre de él. Al mismo tiempo, sabe distribuir responsabilidades, aceptar errores propios y ajenos, valorar situaciones y rentabilizar los recursos. Tiene como objetivo no la conservación del sistema por sí, sino la gestión de la realidad, a la que se adapta y que procura adaptar a la colectividad que rige.
Si vemos las actuaciones de nuestro gobierno en los últimos tiempos, fácilmente podemos creer que me refiero a él como paradigma del padre estricto, cuando mi voluntad va por otro camino: en las ofertas políticas que he visto, desde el comienzo de la democracia, percibo sistemáticamente patrones concretos, dados por los diferentes partidos, que descargan a la ciudadanía –aparentemente– de responsabilidades. Servicios que nos retiran obligaciones vitales, que forman parte de nuestra esencia como personas, y en las que solo podemos recibir apoyos externos, que nos lleven más allá en nuestra expresión de seres con cualidades específicas.
Creo que, en este momento, el estado, el poder, el padre tiene la misión de ofrecernos su ayuda para ampliar nuestra consciencia. En temas tan importantes como la salud, la educación, la protección de los más débiles y otros parecidos, la cobertura total solo nos llevaría –en mi opinión– a deshumanizarnos y a atrofiarnos como seres con competencias psíquicas superiores. Los problemas crecen a medida que los recursos los palían, porque el elemento esencial, la consciencia y la capacidad de transformación individual, quedan enterrados bajo ese poder idealmente omnímodo.
El modelo del padre protector, aunque no experimentado –creo–, nos trae otra alternativa: la salud, en la estructura del sistema, responde a la asunción de la responsabilidad individual, lo mismo que la educación o la protección de las personas que tienen limitada su capacidad de valerse por sí mismas. Un modelo basado en la colaboración, en la comprensión, en el sentido colectivo, en el que los recursos ganan en eficacia, porque se dirigen, más que a solucionar problemas, a crear calidad de vida.
Hoy pocos dudan de que en la base de nuestra civilización existe un componente tóxico importante, sobre el que se sustenta el modelo económico y político: los alimentos contienen elementos nocivos; la producción desequilibra el medio natural y los excedentes se acumulan sin sentido. Las personas debemos justificar nuestra presencia en el planeta por medio de un trabajo, que el sistema exige y niega a la vez. Cada ser humano debe estar haciendo algo identificable como aceptación del poder, y debe expresarlo en términos crematísticos, aunque su actividad, vista con un poco más de amplitud, cause trastornos en los niveles mediatos e inmediatos.
Nos ha dado un desarrollo grande; ha acelerado mucho los procesos, visto en cualquier etapa de la historia, pero, en mi opinión, el modelo del padre estricto está agotado. Nace de él, como expresión natural, el protector, el que integramos las personas, como elementos activos que asumen sus capacidades. Estamos en el tiempo del parto, aunque siempre haya estado presente, y ni las dictaduras más refractarias hayan resultado impermeables al sentir de las poblaciones.
El momento de la responsabilidad compartida está aquí, pero, más allá de la rebeldía contra medidas concretas de nuestros gobiernos o de las estructuras globales en las que nos integramos, creo que nos corresponde expresarla a través de nuestra capacidad de transcender el marco que se agota, y de vivir en la expresión de nuestra consciencia en libertad.

13/7/12

Números

Con el paso del tiempo, nuestras sociedades han evolucionado hacia una visión más profunda de lo colectivo. Nos hemos conocido mejor entre las personas, de forma que nuestra capacidad de trasformación se ha multiplicado de manera exponencial, hacia el bienestar y la calidad de vida, aunque hayamos puesto a la luz también amenazas importantes, que solo podremos superar en la acción conjunta y en la consciencia del lugar que ocupamos en esta trama compleja. Hemos sido cazadores, recolectores y constructores; hemos buscado nuevas propiedades de los elementos y hemos trasladado nuestros conocimientos –y también nuestros errores– a través de las generaciones que han habitado el planeta.
Nos han gustado los números, las cuantificaciones, que nos permiten una apariencia objetiva cuando valoramos nuestro nivel de desarrollo, nuestra expansión vital, el peso de nuestra presencia. Creo que sin este logro de la inteligencia, habríamos avanzado mucho más lentamente, porque nos ha servido para fijar metas y niveles de rendimiento, de organización y de participación. Del mismo modo, creo que el sistema se ha quedado demasiado pobre como para circunscribirnos a él en nuestras realizaciones, de acuerdo con una tendencia general al mínimo esfuerzo: días de vacaciones, horas dedicadas a la oración o al casino, número de hijos, de hermanos o de amigos, tiempo de ocio o de trabajo, etc., dejan escapar infinitos elementos de la realidad que se integran en nuestra auténtica vivencia. Ricos o pobres, la expresión vital está en nuestro interior, libre de números, aunque no de las proyecciones que estos activen sobre lo que hayamos incorporado a lo largo de nuestras historias personales o colectivas.
Creo que los números mantienen una función básica en nuestras vidas, y que la entrega a una presunta racionalidad de escuadra y cartabón no ha hecho otra cosa sino aprisionar la voluntad de quien se haya sometido a tal práctica. Siempre ha habido voces que han alertado del problema, aunque, en muchos casos, con una negación del recurso, como si se tratase de un elemento parasitario que produjese por sí mismo los trastornos; siempre ha habito también, y muchas veces en el anonimato, personas que se han dejado sentir y han madurado de forma sana, con una expresión organizada de sus emociones y una visión más clara de las facetas contables e incontables de su realidad. Una apertura hacia lo inmanente se produce siempre; no contamos con respuestas automáticas, debido a la complejidad de estímulos que recibimos y a la forma en la que los percibimos en cada momento.
Me gustaría figurar en el grupo de ecuánimes que saben discernir lo esencial de lo adjetivo, que han sabido superar los condicionamientos del pasado y pueden vivir el instante presente en sí mismo y en lo que les dice en un diálogo directo. Puedo apuntar esto como un objetivo de consciencia, y ver qué sucede, pero, mientras, sigo el curso de mi vida, con sus calmas y sus turbulencias, con las que participo en el movimiento total.Veo en la cuantificación una fórmula muy útil para actuar de una forma planificada, para establecer referencias interesantes sobre los equilibrios necesarios para la vida, para el desarrollo creativo al que estamos llamados en el colectivo de la humanidad.
El obstáculo, objeto secular de denostación, lo veo en los marcos cognitivos que tendemos a asociar a una simple referencia. El tiempo de ajuste nos llama a poner en práctica lo que hemos repetido y gritado durante milenios: valorar las calidades de lo contado, de lo pesado y de lo medido; poner consciencia en los elementos que intervienen, ordenar, actuar de forma creativa con las interacciones nuevas, que nuestra lógica se resiste a procesar, porque no entran dentro de lo conocido. En las circunstancias en las que vivimos, creo que nos conviene reorganizar nuestra mente colectiva, de forma que entreguemos nuestras seguridades racionales a una decisión por cubrir los pasos que van más allá de la línea. La hemos superado en cada segundo de la historia, y seguimos agarrados a los bolardos del pasado, o, por lo menos, esa sensación tengo.
Sé que cada vez está más desarrollada nuestra percepción grupal; que las transformaciones en las que participamos, aunque parezcan a veces regresivas, nos llevan a una resultante de apertura, que nos permita crear realmente nuestro mundo tal como lo necesitamos, tal como el propio planeta precisa expresarse. Los números, los datos concretos, también tienen un más allá, un eco inextinguible que modula una fuerza total, en la que todo tiene cabida y expresión. Creo, por ejemplo, que podemos tener tasas de desempleo del 80% y mejorar la calidad de nuestra existencia, siempre que veamos en los demás a seres humanos, con los que compartir nuestros recursos; creo que el volumen de agua de los océanos puede nutrirse con la descongelación de los polos, y nosotros crear nuevas formas de entendimiento con el medio que le devuelvan vida a los océanos. Creo que se trata simplemente de que cambiemos nuestros objetivos, de que miremos de frente nuestras desconfianzas infundadas, y de que sigamos enseñanzas que conocemos de sobra, y que se han renovado constantemente a lo largo del tiempo, en las que importan nuestras emociones expresadas desde la verdad.
En un tiempo e que ningún ser humano integrado en el sistema escapa a las estructuras de poder que le marcan el camino, ha llegado el momento de crear y de que exploremos la grandeza de lo desconocido, de nuestras identidades libres, que comparten la vida.

9/7/12

Los pasos cuentan

Quien se acerque a este blog lo hará desde su perspectiva, desde su verdad. Por mi parte, me gustaría ofrecer algo auténtico, sentido, más allá de prejuicios asentados en mi mente, de miedos, de búsqueda de efectos concretos sobre los demás. No sé hasta qué punto lo conseguiré, pero parto del compromiso de depurar estos mensajes, por lo menos, de manipulaciones conscientes, de valoraciones sobre resultados o de automatismos que pueda detectar. Sé que se trata de un simple propósito, pero, si logro mantenerme fiel, este proyecto individual puede formar parte de la semilla de una nueva forma de comunicarnos, que nos conduzca hacia estados más confortables de libertad.
Creo que nuestro universo está basado en infinitas difracciones, en los cambios de curso que se producen en haces energéticos de muy distinta naturaleza. Los impulsos iniciales del Big-Bang han ido mutando en su interacción: han creado materia, han formado resultates en sus interacciones, han vibrado de forma distinta al unirse o al escindirse, y han creado nuevas energías y nuevas formas de existencia. La vida, la percepción sensorial y, como elemento más elevado –que yo sepa–, la consciencia.
Con este desarrollo, hemos llegado a un punto crítico, por lo menos, en el nivel planetario. La presión demográfica pone a prueba la capacidad de producir recursos que tenemos; la contaminación, la capacidad de la tierra para autosanarse; la carrera armamentística, nuestro instinto de conservación de la especie frente a un uso especial de la racionalidad. También la lucha de poder iniciada en las cavernas ha llegado a su expresión más intensa; su base en la destrucción como recurso para ganar espacios poco más allá puede ir para manifestarse.
Al mismo tiempo, hemos desarrollado también la consciencia del entendimiento, aunque nuestras sociedades o nuestras naciones todavía no lo expresen plenamente. Nuestra continuidad y las posibilidades de alcanzar nuevos estados de bienestar se basan en ella, que no ha surgido de la nada. Ha venido formándose y ha existido desde las primeras sociedades humanas, o desde antes, si tenemos en cuenta los modelos de integración que nos ofrecen la zoología, la botánica o la geología. Ha convivido y ha formado parte de los flujos en los que se ha manifestado la discordia, incluso en sus estados más extremos: ha habido siempre una base que ha permitido generar lazos, alianzas, células organizadas, aunque estas hayan seguido caminos de destrucción y de odio. Importa el dolor, pero su efecto ha modulado nuestra esperanza actual; ha permitido su difracción, para abrir nuevos objetivos.
Quien llegue hasta aquí, tiene mi bienvenida. Su lectura, deje o no constancia de ella, modulará también estos mensajes, tomados de una experiencia vital en la que todos los seres del planeta estamos implicados.