Con el paso del tiempo, nuestras sociedades han evolucionado hacia una visión más profunda de lo colectivo. Nos hemos conocido mejor entre las personas, de forma que nuestra capacidad de trasformación se ha multiplicado de manera exponencial, hacia el bienestar y la calidad de vida, aunque hayamos puesto a la luz también amenazas importantes, que solo podremos superar en la acción conjunta y en la consciencia del lugar que ocupamos en esta trama compleja. Hemos sido cazadores, recolectores y constructores; hemos buscado nuevas propiedades de los elementos y hemos trasladado nuestros conocimientos –y también nuestros errores– a través de las generaciones que han habitado el planeta.
Nos han gustado los números, las cuantificaciones, que nos permiten una apariencia objetiva cuando valoramos nuestro nivel de desarrollo, nuestra expansión vital, el peso de nuestra presencia. Creo que sin este logro de la inteligencia, habríamos avanzado mucho más lentamente, porque nos ha servido para fijar metas y niveles de rendimiento, de organización y de participación. Del mismo modo, creo que el sistema se ha quedado demasiado pobre como para circunscribirnos a él en nuestras realizaciones, de acuerdo con una tendencia general al mínimo esfuerzo: días de vacaciones, horas dedicadas a la oración o al casino, número de hijos, de hermanos o de amigos, tiempo de ocio o de trabajo, etc., dejan escapar infinitos elementos de la realidad que se integran en nuestra auténtica vivencia. Ricos o pobres, la expresión vital está en nuestro interior, libre de números, aunque no de las proyecciones que estos activen sobre lo que hayamos incorporado a lo largo de nuestras historias personales o colectivas.
Creo que los números mantienen una función básica en nuestras vidas, y que la entrega a una presunta racionalidad de escuadra y cartabón no ha hecho otra cosa sino aprisionar la voluntad de quien se haya sometido a tal práctica. Siempre ha habido voces que han alertado del problema, aunque, en muchos casos, con una negación del recurso, como si se tratase de un elemento parasitario que produjese por sí mismo los trastornos; siempre ha habito también, y muchas veces en el anonimato, personas que se han dejado sentir y han madurado de forma sana, con una expresión organizada de sus emociones y una visión más clara de las facetas contables e incontables de su realidad. Una apertura hacia lo inmanente se produce siempre; no contamos con respuestas automáticas, debido a la complejidad de estímulos que recibimos y a la forma en la que los percibimos en cada momento.
Me gustaría figurar en el grupo de ecuánimes que saben discernir lo esencial de lo adjetivo, que han sabido superar los condicionamientos del pasado y pueden vivir el instante presente en sí mismo y en lo que les dice en un diálogo directo. Puedo apuntar esto como un objetivo de consciencia, y ver qué sucede, pero, mientras, sigo el curso de mi vida, con sus calmas y sus turbulencias, con las que participo en el movimiento total.Veo en la cuantificación una fórmula muy útil para actuar de una forma planificada, para establecer referencias interesantes sobre los equilibrios necesarios para la vida, para el desarrollo creativo al que estamos llamados en el colectivo de la humanidad.
El obstáculo, objeto secular de denostación, lo veo en los marcos cognitivos que tendemos a asociar a una simple referencia. El tiempo de ajuste nos llama a poner en práctica lo que hemos repetido y gritado durante milenios: valorar las calidades de lo contado, de lo pesado y de lo medido; poner consciencia en los elementos que intervienen, ordenar, actuar de forma creativa con las interacciones nuevas, que nuestra lógica se resiste a procesar, porque no entran dentro de lo conocido. En las circunstancias en las que vivimos, creo que nos conviene reorganizar nuestra mente colectiva, de forma que entreguemos nuestras seguridades racionales a una decisión por cubrir los pasos que van más allá de la línea. La hemos superado en cada segundo de la historia, y seguimos agarrados a los bolardos del pasado, o, por lo menos, esa sensación tengo.
Sé que cada vez está más desarrollada nuestra percepción grupal; que las transformaciones en las que participamos, aunque parezcan a veces regresivas, nos llevan a una resultante de apertura, que nos permita crear realmente nuestro mundo tal como lo necesitamos, tal como el propio planeta precisa expresarse. Los números, los datos concretos, también tienen un más allá, un eco inextinguible que modula una fuerza total, en la que todo tiene cabida y expresión. Creo, por ejemplo, que podemos tener tasas de desempleo del 80% y mejorar la calidad de nuestra existencia, siempre que veamos en los demás a seres humanos, con los que compartir nuestros recursos; creo que el volumen de agua de los océanos puede nutrirse con la descongelación de los polos, y nosotros crear nuevas formas de entendimiento con el medio que le devuelvan vida a los océanos. Creo que se trata simplemente de que cambiemos nuestros objetivos, de que miremos de frente nuestras desconfianzas infundadas, y de que sigamos enseñanzas que conocemos de sobra, y que se han renovado constantemente a lo largo del tiempo, en las que importan nuestras emociones expresadas desde la verdad.
En un tiempo e que ningún ser humano integrado en el sistema escapa a las estructuras de poder que le marcan el camino, ha llegado el momento de crear y de que exploremos la grandeza de lo desconocido, de nuestras identidades libres, que comparten la vida.
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