25/7/12

Lo individual en lo colectivo

En el tiempo de cambio que vivimos, veo algo que me parece digno de consideración: estamos buscando una salida satisfactoria en el plano colectivo, a la que supeditamos nuestra propia realización individual. Proyectamos sobre gestores públicos una demanda de la estabilidad que creemos merecer, quizá con la convicción de que un tiempo de calma nos traerá también el sosiego necesario para desarrollar la alegría y el amor individualmente. Si se soluciona lo grande, lo pequeño va por sí solo, sin más que incorporarse dócilmente a la corriente, al curso que manejan los que saben.
Para mí, esto olvida el hecho de que los momentos de dificultad no crean por sí mismos problemas, sino que ponen de relieve los que ya existen.
La adversidad revela nuestros miedos, nuestras heridas, porque la energía que empleamos en mantenerlas ocultas se desplaza para atender otras urgencias. Los censores internos de la expresión abandonan sus puestos, y nos permitimos expresar lo que en la vida ordinaria veríamos como locura. De esta forma, la angustia toma el mando cuando necesitamos reorganizarnos y evolucionar, para abandonar estados agotados de existencia; y la angustia nos lleva a una regresión, en la que los automatismos psíquicos nos sitúan en la infancia, a la espera de que aquellos que se han erigido en adultos cumplan con su obligación de sacarnos del apuro.
Tengo plena confianza en que esta actitud, para mí inútil, ceda, para permitir que nos expresemos en nuestra verdadera identidad. La tensión que respiramos puede servir para que actuemos desde la raíz, que está en nosotros mismos y en nuestras mentes individuales: cada acto responsable nutre la energía de liberación; cada apertura trae un poco más de claridad a la visión colectiva. Si no podemos transformar a otros –que no podemos-, el descubrimiento de nuestra verdad mueve con una potencia inmensa los elementos que conforman nuestra experiencia vital.
Tomados como símbolo, diez náufragos en una balsa tendrán más posibilidades de supervivencia si racionalizan los recursos, realizan un buen reparto, atienden a los más necesitados y ocupan su tiempo en calcular el lugar en el que se encuentran y en crear alguna forma de propulsión que si abdican de responsabilidades, se limitan a llorar su infortunio o entran en un combate con el pasado y culpan al capitán de haber echado a pique un barco que en ningún caso volverá a flotar.
Si necesitamos ayuda profesional y la utilizamos, estupendo, pero podemos empezar de otras formas, si así lo deseamos. Podemos observar si estamos de acuerdo con nuestras acciones, si las consideramos una expresión de nuestra identidad, o si responden a automatismos o a formas transferidas por otras personas o vivencias olvidadas. Podemos observar nuestras reacciones más destacables y comprobar si nos llevan a algo más valioso, en lo profundo de nuestra consciencia.
La expresión de la rabia, por ejemplo, podemos creer que la realizamos desde nuestra autenticidad, pero si solamente nos lleva a una peregrinación de enfados, quizá convenga que revisemos otras alternativas, como respetar la perspectiva ajena –para garantizar el respeto hacia la nuestra-, observar si hemos puesto los límites en el momento preciso, o si nos hemos abandonado a la espera de que otra persona descubra lo abusivo de su comportamiento hacia nosotros.
Si caemos en la crítica, podemos comprobar hasta qué punto repetimos calificativos, y qué tienen que ver con la percepción de nuestro propio interior. Dónde está la recriminación necesaria y dónde la proyección de los elementos discordantes que nos desestabilizan desde dentro.
Cada persona puede encontrar su propia forma de caminar hacia la paz consigo misma, por lo que la vía no importa ahora. Me parece más interesante observar cómo aquella balsa, tripulada por seres humanos que se conocen a sí mismos –primer consejo del oráculo de Delfos- van a multiplicar las opciones de liberación, si las comparamos con un grupo en el que cada uno se deja llevar por sus demonios particulares. Un buen cuidado de nuestro interior nos permite actuar con más eficacia en lo que de verdad nos interesa, o, por lo menos, retirar muchos obstáculos en un malestar que tendemos a atribuir a terceros. Y sabremos mejor qué pedimos, y quién nos lo puede facilitar.

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