Creo que los gobiernos expresan lo que llevamos dentro en el plano individual. De este modo, las relaciones entre el aparato del estado y la ciudadanía, y las de los estados entre sí, responde a nuestras propias pautas de conducta, a nuestros modelos actuantes y a nuestra propia visión. Esto me lleva, en general, a aceptar las opciones políticas que se alternan en las responsabilidades, porque creo que la posible indignación contra ellas simplemente oculta un malestar ante nosotros mismos, ante lo que podemos mover y no movemos, ante nuestra parte oscura, que nos conduce a las infinitas formas de insatisfacción que queramos inventariar.
En un libro breve, y, para mí, claro y sencillo, Georges Lakoff nos habla de la relación entre nuestras inclinaciones colectivas para escoger a nuestros gobiernos y los marcos cognitivos que actúan, independientemente de nuestros intereses personales y de la lógica por la que nos rijamos. No pienses en un elefante (Editorial Complutense, 2007) nos explica como existe un modelo basado en el padre estricto –que identifica con el conservadurismo– y otro en el padre protector –asociado a las vertientes progresistas–. Según esto, en la decisión del voto pesa más el modelo que tengamos interiorizado que los factores sobre los que suelen centrarse las campañas electorales.
Esta lectura me ha despertado algunas intuiciones, relativas al funcionamiento del propio gobierno y al modelo que pueda representar. Lo llevo, además, a la expresión de las estructuras en las que se asienta, independientemente de la opción política que ocupe los cargos, porque creo que se dan cuestiones sistémicas muy interesantes, para que pongamos un rumbo concreto, elegido libremente.
Creo que el padre estricto actúa como centro de su propio universo. El desarrollo de los hijos está supeditado a una condición de satélites, de la que ni la muerte los separa: deben continuar la obra, mantener la identidad y someterse a sus principios; a su vez, el padre protector actúa como un eslabón transmisor, que les proporciona a los hijos una información básica para iniciar su propia experiencia vital. Tiene como fin que desarrollen su verdadera identidad, y que construyan o su propio mundo, que se escinde cuando el progenitor está todavía en plenitud de facultades.
Considero imprescindible el primer modelo porque, para mí, el origen del segundo está en él. Les dio cohesión a las sociedades primitivas; organizó las fuerzas ante un medio hostil –no en si mismo, sino por falta de la adaptación que trae la consciencia–, creó estructuras y le dio firmeza al asentamiento del género humano sobre el planeta. Rechaza el cuestionamento, porque abre la puerta hacia a un vacío perigoso, pero, además, la rebeldía en él solo conduce a reforzar el sistema: el elemento subversivo aspira a tomar el papel del padre, y a aplicar sus propios principios con los mismos recursos utilizados por el poder que combate.
Para este modelo paternal –que considero primitivo–, importa más el orden que la eficacia. No importa atravesar malos pasos, si queda preservada la estructura social, el principio de autoridad, la infalibilidade. Los problemas derivan de la inmadurez de los hijos, de su inconsciencia cuando llevan adelante ideas no sometidas a la aprobación paterna; muy raramente responden a la asunción de errores o a la falta de motivación derivada de la adscripción forzada a proyectos ajenos.
Los dictados del padre estricto se entienden como incontestables. Un factor propio del clan prehistórico, que llegó a una expresión feudal y continúa ahora, dado que el modelo está vivo, y, dentro de él, también la necesidad de mantener una imagen de acción constante, especialmente ante as dificultades. Cuando el grupo llega a una situación complicada, o cuando el padre no puede ver la salida, diría yo que instintivamente, recurre al castigo, a imponer un sacrificio, del que no conoce las consecuencias, que deben soportar los hijos/súbditos, también en una expresión reconocible en el feudalismo.
A su vez, el padre protector se somete al diálogo y se nutre de él. Al mismo tiempo, sabe distribuir responsabilidades, aceptar errores propios y ajenos, valorar situaciones y rentabilizar los recursos. Tiene como objetivo no la conservación del sistema por sí, sino la gestión de la realidad, a la que se adapta y que procura adaptar a la colectividad que rige.
Si vemos las actuaciones de nuestro gobierno en los últimos tiempos, fácilmente podemos creer que me refiero a él como paradigma del padre estricto, cuando mi voluntad va por otro camino: en las ofertas políticas que he visto, desde el comienzo de la democracia, percibo sistemáticamente patrones concretos, dados por los diferentes partidos, que descargan a la ciudadanía –aparentemente– de responsabilidades. Servicios que nos retiran obligaciones vitales, que forman parte de nuestra esencia como personas, y en las que solo podemos recibir apoyos externos, que nos lleven más allá en nuestra expresión de seres con cualidades específicas.
Creo que, en este momento, el estado, el poder, el padre tiene la misión de ofrecernos su ayuda para ampliar nuestra consciencia. En temas tan importantes como la salud, la educación, la protección de los más débiles y otros parecidos, la cobertura total solo nos llevaría –en mi opinión– a deshumanizarnos y a atrofiarnos como seres con competencias psíquicas superiores. Los problemas crecen a medida que los recursos los palían, porque el elemento esencial, la consciencia y la capacidad de transformación individual, quedan enterrados bajo ese poder idealmente omnímodo.
El modelo del padre protector, aunque no experimentado –creo–, nos trae otra alternativa: la salud, en la estructura del sistema, responde a la asunción de la responsabilidad individual, lo mismo que la educación o la protección de las personas que tienen limitada su capacidad de valerse por sí mismas. Un modelo basado en la colaboración, en la comprensión, en el sentido colectivo, en el que los recursos ganan en eficacia, porque se dirigen, más que a solucionar problemas, a crear calidad de vida.
Hoy pocos dudan de que en la base de nuestra civilización existe un componente tóxico importante, sobre el que se sustenta el modelo económico y político: los alimentos contienen elementos nocivos; la producción desequilibra el medio natural y los excedentes se acumulan sin sentido. Las personas debemos justificar nuestra presencia en el planeta por medio de un trabajo, que el sistema exige y niega a la vez. Cada ser humano debe estar haciendo algo identificable como aceptación del poder, y debe expresarlo en términos crematísticos, aunque su actividad, vista con un poco más de amplitud, cause trastornos en los niveles mediatos e inmediatos.
Nos ha dado un desarrollo grande; ha acelerado mucho los procesos, visto en cualquier etapa de la historia, pero, en mi opinión, el modelo del padre estricto está agotado. Nace de él, como expresión natural, el protector, el que integramos las personas, como elementos activos que asumen sus capacidades. Estamos en el tiempo del parto, aunque siempre haya estado presente, y ni las dictaduras más refractarias hayan resultado impermeables al sentir de las poblaciones.
El momento de la responsabilidad compartida está aquí, pero, más allá de la rebeldía contra medidas concretas de nuestros gobiernos o de las estructuras globales en las que nos integramos, creo que nos corresponde expresarla a través de nuestra capacidad de transcender el marco que se agota, y de vivir en la expresión de nuestra consciencia en libertad.
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